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El Cóndor

  • Foto del escritor: Micaela Agraso
    Micaela Agraso
  • 9 oct 2020
  • 3 Min. de lectura

Luego de varios días en El Bolsón, mi bolsa de dormir parece un saco de papas, manchado con tierra y restos de tarta. Las gotitas matutinas empiezan a levantar a mis compañeras de a poco, mientras busco algunas ramas entre los pinos.

Amontonadas contra el fuego, tomamos unos mates. Listas para partir al lugar más hermoso en esta tierra, charlamos de la vida. Me acuerdo pelear por las pepas de membrillo y regalar las latas de jardinera a Charly y Matthew, dos extranjeros curiosos que venían a charlar todas las noches.

-Para mí están enamorados de nosotras, nadie se puede resistir a tanta belleza- dice jodiendo Valen, y con sus ocurrencias seguro que amanece y ella sigue tirando chistes y piropos al aire.

-Deja de boludear y calzate las botas salame- suelta Lara, no está para perder tiempo.

Las caminatas son al ritmo del viento, hablar no es fácil cuando tus dientes tiritan y tu cuerpo duele, pero se sigue.

-Buen día! - nos grita uno de los guías que ya estaba bajando. Un suertudo que llego a ver la nieve en el camino que ahora corre por debajo de nuestros pies.

-Buen día! - responde Martina, que va de la mano con Valen, las demás nos limitamos a sonreír, aun temblando.

Después de tantos días, con solo una mirada sabemos que tenemos que frenar a descansar. Comemos unas barritas de cereal veganas y ahí sí, luego de muchos litros de agua, las lenguas arrancan como locomotoras y todo lo visto en el camino se despliega como un mapa. Mientras mis amigas hablan sin parar, me pregunto: ¿Qué hacen hablando y no contemplando esta vista? Esta todo El Bolsón a nuestros pies.

Una laguna empieza al final de un gran acantilado, azul, celeste, negro, rosa, no sé ni cuantos colores hay ahí abajo. Montañas inmaculadas a donde quiera que mires. Y por supuesto, un cóndor sobrevolando.

-Las quiero- las palabras salen tímidas, Clara no suele hablar. A veces es difícil tirar algo en una conversación con tantos loritos- No me miren sorprendidas, tengo corazón.

Con un abrazo dijimos lo que las demás no nos animábamos a decir todavía, al final, solo nos conocíamos hace un mes.

Seguimos subiendo todo lo que pudimos mientras yo les conté la historia que me habían contado a mí.

-Hace mucho tiempo, los pueblos originarios que habitaban estas tierras creían que esos pajarracos enormes, que con un aleteo recorrían todas las montañas del sur de la argentina, eran espíritus de las personas que ya habían partido de este mundo. Volvían para ver como estabas. – Mientras, el cóndor seguía haciendo contraste con el azul

Mis ojos se humedecieron por un segundo al revivir esa leyenda, recordando mis tiempos de triciclos y muñecas. Héctor leyendo el diario con su pelo blanquito y los dedos cubiertos de aceite, me miraban y las arrugas le hacían mapas en la cara.

Clara me apretó la mano con fuerza y me sonrió tímidamente, que difícil es consolar a alguien que casi no conoces.

Llegamos y nadie dijo nada. Era como estar en la boca de un dinosaurio, dientes filosos que parecían incontables, pedazos de carne entre ellos, también denominados pueblitos perdidos y alguna que otra caries que solo se veía si prestabas mucha atención, también le podemos decir refugio. Volvimos a bajar, sin palabras hasta que llegamos a la nieve al lado del refugio del cerro y no tardo en empezar a volar de un lado a otro, golpeando de vez en cuando a alguien en la cara, volviendo a conectar con la realidad.

Lara, se puso a hacer un guiso de lentejas con nada más que verduritas mientras las demás buscaban algún arbolito por ahí. Yo me senté sin creerlo. Estábamos a 2700 metros cocinando un guiso. ¿Qué? Me sentía en una realidad alterna, pero no importaba, porque me gustaba más que la mía.

Comimos mirando al sol bajar de su trono y la luna subiendo, como la reina de la noche estrellada, por atrás de las montañas lejanas, abrazadas al lado del fueguito. De mi guitarra salía una melodía conocida por todas, Sui Generis nos acompaña siempre, y alguna que otra de Charly. Ahí aprendí que era convivir de verdad. En la cumbre del cerro Lindo, donde están mis ojos y donde me quiero quedar.



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